Si quieres que alguien no te olvide nunca, cuéntale una historia

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Leer es la forma más íntima, pura y excitante de ver tu alma reflejada en un espejo

Quizá en este momento haya un par de espejos rotos en tu vida, pero déjame decirte algo importante:

Por mucho que intentes ir por la vida sin romper nada, como por una cristalería de Swarovski, acabarás destrozando piezas carísimas y tendrás que pagarlas. Aunque no hubiera intención, aunque fuera un accidente, un mal cálculo al pasar por un pasillo estrecho.

Las cosas son así. Nos involucramos emocionalmente, nos entregamos, nos retiramos, huimos, volvemos, nos dejamos llevar, hablamos más de la cuenta o callamos más de lo que deberíamos.

Y nunca sabemos lo que está pasando dentro de los otros.

Lo intuimos, lo imaginamos, nos acercamos...

Lo malentendemos, lo malinterpretamos, lo damos por supuesto...

Y lo único que podemos saber es lo que sucede dentro de nosotros mismos.

No siempre, por cierto. Hasta eso es demasiado confuso a veces.

¿Y entonces qué?

¿Nos dedicamos a hacer sumas y restas y sudokus porque entender a los otros es imposible?

¿Nos blindamos y nos apartamos del mundo para no dañar ni hacernos daño?

¿Firmamos contratos, llevamos notarios, traductores, intérpretes y filósofos a las citas?

¿Renunciamos a entender y que nos entiendan?

Pues no...
Una no puede dejar de vivir sólo porque no sepa.
Ni puede dejar de amar sólo porque la quieran demasiado o porque no la quieran.
Ni puede evitar los “nunca más” ni el “para siempre”.
Ni puede dejar de aprender sólo porque no aprenda.

Este es el viaje.

Y está lleno de giros, de desvíos, de atajos, de cortes, de carriles rápidos y lentos, de accidentes, de salidas y entradas y bifurcaciones, de socavones y baches y charcos y grietas.

Puedes continuar recto, siempre recto, o puedes entrar por esa pista misteriosa, jalonada de árboles, que se abre hacia la izquierda.

Puedes viajar de día, sólo de día, o puedes internarte en la noche y caminar asustada por la sombra y sobrevivir hasta el amanecer para ver que da miedo, pero no mata.

Puedes dejarte llevar,
puedes frenar,
puedes acelerar,
seguir al de delante,
vigilar al de detrás,
ahorrar el combustible
o quemarlo de trompo en trompo,
de carrera en carrera.

Pero no puedes detenerte.
No puedes.
Ni aunque quieras.

De eso va el libro. Es esa clase de espejo.

El prólogo es de Rosa Morel y la noche que lo leí, rompí a llorar. Porque ese prólogo es una verdad brutalmente desnuda, tan fuerte que puede derrumbarte, pero nada puede derrumbarla a ella.

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